ANÁLISIS: Ni con todas sus estrellas: El Real Madrid gana pero no juega a nada

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Foto: Real Madrid

Es solo el primer partido y sería absurdo sentenciar al nuevo proyecto de José Mourinho después de 90 minutos. Pero el estreno del Real Madrid dejó una imagen muy pobre pese al 1-2 final. Bellingham y Dumfries fueron las grandes excepciones en un equipo repleto de estrellas que apenas consiguió generar fútbol. La cara de Mourinho durante el encuentro y la explosiva celebración del gol de Espí reflejaron mejor que nada el sufrimiento de los blancos en Cornellà.

Hay que empezar este análisis por una obviedad: es el primer partido.

José Mourinho acaba de regresar al Real Madrid, han llegado numerosos futbolistas y pretender encontrar en agosto un equipo perfectamente construido sería completamente injusto. Los automatismos necesitan tiempo, los jugadores tienen que conocerse y probablemente el Madrid que veremos dentro de tres meses tenga poco que ver con el que apareció este sábado en Cornellà.

Dicho eso, también hay que contar lo que vimos. Y vimos muy, muy poco fútbol.

El Madrid ganó 1-2 y se lleva tres puntos que seguramente Mourinho valore muchísimo. Pero durante demasiados minutos fue un equipo plano, lento, sin continuidad y excesivamente dependiente de que alguno de sus grandes futbolistas inventara algo.

Bellingham salió como si fuera noviembre

La gran excepción fue Jude Bellingham Mientras buena parte del equipo parecía todavía instalada en ritmo de pretemporada, el inglés salió enchufadísimo. Intensidad, movilidad, ganas de participar y presencia constante. Además marcó el 0-1.

Bellingham transmitió desde el primer minuto una sensación diferente al resto. También Dumfries dejó una primera impresión positiva. El neerlandés ofreció profundidad, potencia y energía por la derecha y fue probablemente el otro futbolista madridista que salió reforzado del estreno. A partir de ahí, cuesta mucho más encontrar nombres.

Bernardo desapareció y arriba pasó muy poco

Había muchísimas ganas de ver a Bernardo Silva dentro de este Madrid. Precisamente porque, rodeado de tanto talento, el portugués puede ser uno de los encargados de darle sentido al juego.

En Cornellà prácticamente desapareció. Y tampoco las grandes estrellas ofensivas consiguieron cambiar el partido. Vinicius estuvo muy descafeinado, Mbappé apareció demasiado poco y Arda Guller, más allá de determinadas acciones, tampoco consiguió convertirse en el futbolista capaz de gobernar el ataque.

Lo preocupante no es que uno estuviera mal. Es que estuvieron prácticamente todos grises al mismo tiempo.

Y cuando Mourinho recurrió al banquillo tampoco encontró demasiado. Diomande entró para intentar cambiar el encuentro y su aportación fue prácticamente inexistente.

El problema no eran los nombres: estaban todos

Ese es quizá el aspecto que más llama la atención. No podemos salir del partido pensando que al Madrid le faltaban sus grandes futbolistas.

Estaban prácticamente todos. Mbappé, Vinicius, Bellingham, Bernardo Silva, Arda Güler, Valverde… Mourinho presentó un equipo repleto de talento y después tuvo todavía más alternativas desde el banquillo.

La materia prima estaba sobre el césped. Lo que no estaba todavía era el equipo. No había demasiados mecanismos reconocibles, las asociaciones aparecieron con cuentagotas y durante muchos momentos dio la sensación de que el plan ofensivo consistía en esperar a que alguno de esos futbolistas extraordinarios solucionara individualmente el problema.

La cara de Mourinho

Y hubo una imagen especialmente significativa durante el encuentro. La cara de Mourinho era un poema. El portugués pasó muchos minutos serio, observando un equipo que no encontraba soluciones y que se acercaba peligrosamente a comenzar la temporada dejándose dos puntos.

Mourinho sabe que es agosto. Sabe perfectamente que necesita tiempo. Pero también sabe qué plantilla tiene. Y seguramente por eso su expresión resultaba todavía más significativa.

Un gol celebrado como una eliminatoria

Después llegó Carlos Espí. El delantero se encontró un balón dentro del área en los últimos minutos e hizo exactamente lo que tenía que hacer: mandarlo a la portería. Y entonces apareció otra imagen muy reveladora. El banquillo del Madrid salió prácticamente en bloque a celebrar el gol. Jugadores corriendo hacia sus compañeros, abrazos y una liberación enorme.

Era la primera jornada del Real Madrid. No una semifinal de Champions. Y precisamente por eso la celebración explicó perfectamente lo que había sido el partido. El Madrid sabía que estaba sufriendo muchísimo. Sabía que el encuentro se le estaba escapando y que su juego estaba muy lejos de lo esperado.

El gol de Espí no provocó únicamente alegría. Provocó alivio.

Es agosto, pero Mourinho ya tiene el primer aviso

No hay que dramatizar. Dentro de unas semanas este partido puede convertirse simplemente en una anécdota. El Madrid puede empezar a funcionar, Bernardo puede hacerse dueño del centro del campo, Mbappé y Vinicius pueden encontrar conexiones y Mourinho puede construir un equipo completamente diferente.

Tiene futbolistas de sobra para conseguirlo. Y además empieza con tres puntos. Pero tampoco hace falta utilizar el calendario como excusa para no decir lo evidente. El primer Madrid de Mourinho jugó muy mal. Bellingham estuvo a otro nivel. Dumfries dejó buenas sensaciones. Espí apareció donde tenía que aparecer.

Del resto, muy poco. Y quizá las dos imágenes que mejor resumen la noche ni siquiera sean futbolísticas: la cara de Mourinho viendo a su equipo durante el partido y todo un banquillo corriendo a celebrar un gol en el 90 de la primera jornada como si acabaran de sobrevivir a una eliminatoria de Champions.

Es solamente agosto. Pero el alivio con el que el Madrid celebró el 1-2 demuestra que ellos mismos sabían perfectamente lo que acababan de evitar.

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